Se va. Se estaba yendo desde el partido con Argentina el pasado septiembre. En realidad estuvo a punto hace mucho más tiempo, una noche en una húmeda carretera del brumoso Yorkshire, cuando regresaba, en diciembre de 2003, de una de las múltiples celebraciones por la Copa del Mundo que tanto ayudó a ganar. Viajaba en un coche con chófer, volvía de Downing Street, y chocó contra un árbol a velocidad inmoderada. La calidad del Lexus salvó la vida de sus ocupantes. Pero si su integridad fuera del rectángulo de Ellis quedó indemne, dentro no, como era de esperar en quien se comprometía en el combate como un tercera línea más, como el boxeador que buscaba una y otra vez el cuerpo a cuerpo, para revolverse de inmediato y lanzar unos directos y danzar después alrededor del rival, que no cabe otra comparación con la salida de un agrupamiento formado sobre su placaje y el pase inmediato que daba tras recibir el balón que permitió recuperar. Fulgurante. Seguro. Ensimismado en el tercio de palos, que practicaba sin medida, y cuya mecánica cambió en 2000, tras la decepción de su suplencia en el partido de los drops de Jannie de Beer en el Mundial de 1999.
Su club el Newcastle Falcons, uno de los primeros aposentados de la era profesional, y su puesto el del número 10. Recaló en 2009 en otros lares, Tolón en la costa mediterránea francesa, y jugó también en el exterior de otros aperturas, Paul Grayson sobre todo, y una vez, la primera con la rosa en el pecho, en el extremo de la línea de tres cuartos, en Irlanda. Pero ha sido el apertura por excelencia de los últimos diez años, a pesar de su paso atrás después de 2003. El hombro, la rodilla, el riñón, razones de peso para un cuerpo baqueteado, objetivo último de mil terceras líneas: si cazáis a Wilko tenemos medio partido. Porque era de los que creaba dependencia, en Newcastle o para la Rosa de Lancaster. Es la cruz del éxito. Acostumbras a los tuyos a diez, quince, veinte puntos y sin ti son mediocres. Así que alguien con ambición decide construir alrededor del fenómeno y para ello se sirve de los mejores guardaespaldas que puede encontrar: Richard Hill, Laurence Nero Dallaglio y Neil Back y les encomienda que le protejan, porque sabe, quien tantos errores ha cometido, que les llevará a la gloria y a las condecoraciones de la reina. Sueña ya Trafalgar Square llena de guirnaldas y aún no ha ganado un Grand Slam. Es Sir Clive Woodward, el centro sinuoso, el entrenador mediático que quiso mandar en un equipo de fútbol. Delante de los guardaespaldas sitúa a dos gigantes, Martin Johnson y Ben Kay y a tres tipos dignos del Coliseo Máximo, Phil Vickery, el alevoso Steve Thompson y a Trevor Woodman, que pudo ser y no fue. Y detrás los demás, el resto, el apoyo, los beneficiarios: el espigado Will Greenwood y su pelo desteñido, el rocoso Ben Cohen, Josh Lewsey el zaguero que purgó culpas que no eran suyas después de la Gira del Infierno por Nueva Zelanda, en 1998, el piadoso reconvertido Jason Robinson, el hombre del contrapie fulminante (que se equivocara de lado es otra cuestión) y el patético royal-to-be Mike Tindall, antes de su descenso al oprobio de la indignidad (football mentality, financial greed, alcohol and ego, en palabras del propio Wilkinson) y Matt Dawson con el 9, quien rompiera la línea de defensa australiana en ese partido. Y Mike Catt, Lewis Moody, Jason Leonard y Iain Balshaw, que también jugaron. Todos, todos, al servicio de aquel instante eterno, ante ochenta mil almas, en Sidney, en que dejó caer el balón y lo golpeó con su pierna derecha, él, el zurdo, para arrancar tres puntos al marcador igualado y permitir a Johnson elevar al cielo el trofeo de William Webb Ellis.
La edad y los golpes y quizás, el desánimo, la curva descendente de rendimiento. También las conductas contra el código. Una época que se muere, que queda solamente para el recuerdo.

Qué bonito, Phil, me ha gustado mucho la necrológica (porque esta retirada es toda una necrológica). A ver si ahora lo acaban de nombrar Sir.
ResponderSuprimirFin de época.Además de la pérdida de valores, de consistencia y dignidad rugbística que supone la retirada internacional de Wilko, la calidad de los sustitutos me parece muy preocupante, el principal problema del nueva seleccionador. A Flood sigo sin verlo como el apertura fijo, sólo para ocasiones concretas. Y entre los demás, tampoco hay mucho donde elegir. De la lista, tal vez probaría con el chaval Owen Farrell, que no me disgusta y que ha demostrado tener un carácter y un temple muy wilkinsonianos.
saludos
Si, necrológica, parece ajustado: del rugby que me gustaba. En fin, melancolía. Flood es transitorio, y el único Farrell que prefiero es el escritor irlandés.
ResponderSuprimirPor cierto, alguien me advierte del error en el nombre del centro de Leicester, Greenwood: error corregido (ah, las prisas). Agradecido, y pesaroso porque por torpeza borré su mensaje.
ResponderSuprimirGran homenaje para un grande, muy bonito Phil...
ResponderSuprimirJo! parece que fue ayer cuando vimos ese drop.. Me entristece mucho la noticia de su retirada. Me encantaba verlo jugar a pesar de que, como bien decís, nunca llegara al nivel de 2003.
En el pasado mundial lo vi alicaído, sin ganas de luchar por una rosa que la integraban jugadores con pocos valores como Ashton, Tindall, etc..
Siempre me pregunté por qué no fue capitán de la selección...
God Save Wilko!