Dieciséis años como jugador internacional de rugby, nada menos. Marca inigualada a la fecha. Ni los Campese ni los Carling ni los O'Connell u O'Driscoll del momento, que tienen, sin embargo y por lo que toca a estos dos últimos, algo en común con nuestro personaje: la nacionalidad, pues se trata de Sir Anthony O'Reilly, ala irlandés de renombre y valía empresarial sin cuento, multimillonario por su desempeño profesional, no por su práctica deportiva, de la que, dicho sea de paso, no saldrá nadie con esa condición.
Abogado y hombre de negocios, llegó a ser el director general de la Irish Sugar Company y primer ejecutivo de Heinz. En su día rechazó ser ministro de un gabinete irlandés y a la fecha mantiene múltiples negocios en campos tan diversos como las nuevas tecnologías, la prensa o la industria. Y si les llama la atención que siendo como es dublinés ostente un título del Imperio Británico les diré que obtuvo el permiso para ello, como es preceptivo constitucionalmente, del gobierno de Irlanda y que, además, nacido en 1936, es por nacimiento ciudadano británico también. Un tipo cabal, que debutó con Irlanda en el V Naciones de 1955, frente a Francia, y terminó su carrera internacional en el de 1970, ante Inglaterra, tras veintinueve caps de verde y otras diez con los Lions, además de treinta partidos con Barbarians. Fue un ala potente y fuerte, precursor del estilo Kirwan y Lomu, demoledor por el lado cerrado o intercalado entre los centros -nihil novum sub sole- que tiene en su haber el record de ensayos -veintidós- en una gira de los Lions, por Australia, en 1959. A partir de 1964 sus apariciones -lesiones y carrera profesional- hicieron cada vez más difícil su compromiso con el oval, también en su club de la época, London Irish, naturalmente. Así que cuando fue llamado a jugar a última hora el partido de febrero de 1970, en Twickenham, fue toda una sorpresa y una sucesión de detalles de esos que gusta rememorar: el empeño de los empleados del estadio y la RFU de dirigir su limusina y a su chófer a la zona de aparcamiento de Twickers donde los acaudalados aficionados toman el lunch antes del partido -los que hayan pasado por allí lo conocerán- y el asombro de ver que el pasajero era uno de los internacionales irlandeses; que jugó groggy casi todo el partido merced a una caricia de la bota de John Pullin, el talonador inglés que habría de dar uno de los pases del primer ensayo local en el partido de Barbarians de 1973; que su velocidad ya era más que limitada y jugó, casi, como noveno delantero en el cerrado (una fuente anónima que algunos refieren a Mick Molloy, segunda irlandés muchos años después médico de los del trébol, declaró que el calentamiento había consistido en "dar dos veces la vuelta alrededor de O'Reilly") y que privó al señor padre de Brian O'Driscoll, Frank, de un debut internacional, que nunca tuvo lugar.
Así que, hagamos justicia, los dieciséis años no lo son tanto, sin demérito de sus servicios a Irlanda. Concedamos, entonces que el más longevo fue el centro Mike Gibson. Ya les contaré de él.

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