Frío. Mediodía. El rectángulo de Ellis para los jugadores. En las gradas también, de madera, reseca en el Stade Aguilera o combada por la humedad en Richmond. Gélido cemento en la península del Sur, si lo había, desportillado siempre. Las más veces a pie de campo, justo en el límite del terreno, haciendo sitio al jugador que había de poner el balón en juego. Y la luz natural, tenue, declinante con el ocaso temprano de Britania, luminosa en Perpiñán o velada por las nieblas de Castilla. Comentarios justos, leve sorpresa ante la duda, acaso, si el árbitro sorprende. O aspavientos, si cabe, a ambos lados de los Pirineos, que la vehemencia es propia de sus nativos. Nada más. Y silencio en la suerte de palos, sagrado, imperturbable, con advertencia al neófito. Sin focos, sin cheques. Ochenta y cinco minutos sobre el aparente campo de agramante y luego pasillo y ducha reparadora, rápida a veces, según aconseje la temperatura -imprevisible- del agua. No importa, espera el último tiempo del partido y la narración de episodios recientes o mil veces escuchados y las viandas y la cebada fermentada. Los destilados, más tarde. Y siete días de espera para repetir el ritual. Otros tiempos.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada